Opinión

El laberinto de los olvidos (elegía para Salvador)

Dentro el laberinto sin centro al que se entra cuando la identidad se esfuma, lo que más duele de perder la memoria, una vez que los recuerdos mutan en enigmas confusos, no es dejar de pensar y hablar y leer, o no recordar el sabor de las cosas cotidianas que, como gatita entrañable, nos rozan el cuerpo para que las acariciemos, o no hacer coincidir un rostro con el nombre correcto, sino que, lo que más duele en la garganta, es dejar de sentir a los que, con sigilo, se asoman a la ventanilla de nuestros ojos que están abiertos como gerundio de interrogación. Lo que más duele y da tristeza, en la lúgubre mazmorra de la omisión constante, no son los recuerdos que se agrietan pidiendo auxilio, en silencio y a solas, sino los tres cuartos de la casa que, como pericos a las cinco de la tarde, repiten de memoria las risas que quedaron prendidas de las paredes; y la papalota negra que cuenta chistes picarescos en la esquina oeste del tejado; y la sopa de gallina con moralejas cortadas en julianas inconclusas, acompañada de tortillas, sin pecado concebidas; y el zanate blanco agonizando en el rincón del jardín; y el colibrí picoteando la ventana sin rostro; y la cucaracha que llora de tristeza bajo la almohada; y el silencio de los palomares que le dan vida a las iglesias.  

Lo que más duele, cuando cruzamos, en el ferry de Suchitoto, el lago de azufre que separa la cordura de la locura, son las ruinas que se quedan diciendo: adiós, adiós, en el carcomido muelle de la nostalgia; las pupusas de comal de barro de Olocuilta, cuyo humo divino es el incienso pedestre que crea el ambiente propicio para la oración y la meditación; el telegrama que da el pésame con los ojos, porque no sabe cómo se deletrea la palabra “resignación”; la exhalación sin inhalación que, a la deriva, retumba en los zapatos viejos que, juguetones, se esconden debajo de la cama a la espera de los pies usuales; el dinero que se dejó escondido y que se pone a llorar porque sabe que nadie lo va a encontrar.      

Lo que más duele, cuando el cerebro decreta una huelga general de neuronas caídas, es la cal de la pared pidiendo una limosnita de color, por el amor de Dios; es la aguja que se quedó sin hilo, para remendar los agujeros de los defectos y bordar un, “te extraño, papá”, en las virtudes que se dejan tiradas en la acera de lo inconcluso. Lo más triste: es la casa que se siente desamparada, aunque esté atiborrada de personas; es el polletón en el que se queman los archivos secretos de lo vivido; es el beso que olvidó dónde dejó guardados los labios; es ver el mundo pasando frente a nuestros ojos, sin que podamos pedirle que se detenga a platicar un rato; es el punto final, del final de la memoria, que no sabe cómo cambiarlo por unos puntos suspensivos que nos den ánimo de seguir viviendo, con conocimiento de causa.

Cuando la memoria zarpa en el buque fantasma que va rumbo al faro del fin del mundo, el sentimiento de culpa nos grita que pudimos haber hecho más para evitar la instalación de velorios comunales presididos por los padres; nos dice que teníamos la obligación de compartir los sentimientos con un café de despedida sin lágrimas; nos recrimina por habernos creído que vivir era un lujo con la hipoteca vencida en manos del criminal; nos dice que debimos haber leído el libro que nos enseña que hay recuerdos en el más allá de los olvidos. 

Lo que más duele, cuando la memoria es una estación de trenes dormidos, es el cajón de ropa que añora el cuerpo del salvador que la habitó en sus mejores días; es la guitarra sin cuerdas que se esfuerza por recordar la letra de las canciones favoritas; es haber dejado impune a la abuela desalmada que, en la esquina de la muerte que persiste en la décima avenida norte y tercera calle oriente, vende a la Eréndira que sueña con la igualdad social de los cuerpos; es la leve cofradía de borrachos que, románticos, siguen llorando por el himno nacional mientras miran la foto de la novia de la infancia que nunca regresó.  

Haciendo un último esfuerzo -con los ojos en blanco, la mente en negro, y la memoria en rojo- de seguro vamos a recordar que quisimos conocer, en persona, la ciudad más bohemia del mundo, para entablar una charla en el 221B, de Baker Street; que quisimos batirnos en duelo con la sociedad que mata, sólo porque sí; que quisimos comernos la bruma del volcán, para comprobar que la memoria está hecha de utopías dulcitas, de carne y huesos… pero el olvido viaja a la velocidad de la luz, para no dejarse alcanzar por las madrugadas melancólicas que dejan el alma en los puros huesos… y la mente perdida en el laberinto de los olvidos.

Lo que más duele y da tristeza, no son los olvidos que coleccionamos, día tras día, en el álbum familiar, sino el no poder recordar, noche tras noche, que el imaginario está hecha de personas, con nombre propio, que en los momentos de lucidez la memoria nos implora: “queeee vuelvan”. 

René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

Sociólogo y Escritor (UES-ULS)

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