El último interrogatorio

René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
Sociólogo y Escritor (UES-ULS)
Un día de estos, o de esos, a los sofistas del “100” que enaltecía a los mesones del barrio La Vega; a los políticos del décimo círculo del infierno de Dante; y a los académicos epidémicos que hacen de la charlatanería espumosa una virtud teologal, se les caerá la careta y quedarán chulones frente al pueblo. Un día de estos, o dentro de muchos, los palabreros de la execración, olorosos a culo sedentario y a libros que no comprenden -y mucho menos han escrito-, pero que repiten de memoria para sentirse científicos de la ciencia científica; los charlatanes doctos que sufren de verborrea cognitiva y eyaculación precoz al oír su propia voz; los periodistas atroces que ganan premios con el dolor y sangre del pueblo… serán sentados en la silla del escusado de los acusados, y serán interrogados por el hombre humilde que, con el corazón desbocado, va a recibir las buenas notas de sus hijos en una escuela tan bonita como sus ojos cuando juegan en la calle sin correr peligro.
Y a esos tipos oscuros -que estudian historia para creer que ella los conoce por su nombre de pila- se les preguntará sobre las infamias que escupen sin límite de tiempo, y sobre la traición más grande de la historia que pregonan como “la democracia perfecta” y avalan en las entrevistas que los hace sentir famosos, inteligentes y guapos. Se les preguntará por lo que no hicieron cuando al país se le iban apagando, uno a uno, los faroles públicos de la justicia y era devorado por la subcultura de las sombras del crimen consuetudinario.
Un día de estos, o de esos, los charlatanes pulcros que dejan pachitos a los vendedores de autos usados, los constitucionalistas del atol chuco del debido proceso para los victimarios, y los académicos de chopin center que creen que el palabrerío incoherente es pensamiento crítico, no serán interpelados por el rigor de sus calcetines, ni por el brillo de sus zapatos impecablemente lustrados con semen ajeno, ni sobre sus orgías en los lupanares de la vieja política que normalizó al delincuente. Tampoco se les preguntará sobre las cruzadas que lanzaron contra el Quijote mientras anunciaban un shampoo contra la caspa, ni sobre su ontológica forma de construir pre-mentiras con la Constitución bajo el sobaco, porque eso ya constará en la instrucción de cargos presentada por “la víctima cero” en el juzgado de la memoria.
A los académicos que se creen Dorian Grey, no se les hará un examen oral, porque muerden, sobre la historia de la demagogia o sobre la mitología cuscatleca presente en La Metamorfosis y Otelo -eso no está al alcance de su cabeza-, ni sobre si sintieron asco de sí mismos cuando lamían el hoyo negro del universo (del que habló Hawking) que se abre ahí donde la espalda cambia de nombre. No se les preguntará por qué se escondieron bajo la cama cuando miles morían en los barrios confiscados por el alfabeto numérico; ni se les pedirá que digan el nombre de las mujeres despellejadas en las maquilas asediadas por renteros; ni se les pedirá la dirección de los que temblaban de frío en la frontera del norte que no sabía cómo decirle adiós al sur; ni se les pedirá el número de teléfono de los que eran hipnotizados por la pantalla que los amaestraba para que agacharan la cabeza, le pusieran una vela negra al Tersites de la historia, y juraran -por dios y su madre (la de ellos)- que no socavarían la institucionalidad de los delincuentes que iban a exigir “la renta” a la pupusería de la niña Rosita.
Nada de eso se les preguntará en el confesionario de la justicia popular, ni se les pedirán explicaciones sobre la cobardía que ocultaron bajo la piedra filosofal de los sofismas soeces, porque en eso no hay duda razonable. Ese día, o cualquiera día, vendrán los ciudadanos sencillos a hacer preguntas complejas sobre la traición más grande al pueblo. Los que no caben en los libros de exóticas teorías que citan para ganar una pizca de autoridad, ni caben en los versos de los poetas drásticos, ni pululan en las crónicas de la gente humilde que, bajo las balas de las pandillas y los colmillos del último virus, llegaban todos los días a dejarnos el pan francés, las tortillas y los huevos hasta la puerta de la casa. A esos palabreros rústicos no se les preguntará nada, ya todo eso se sabe y consta en el testimonio de los que zurcían la ropa con el miedo que deambulaba en la calle; ya todo lo dijeron los que platicaban de justicia con los perros callejeros para olvidar que los juzgados vivían de la delincuencia.
En el último interrogatorio se les preguntará ¿Qué hicieron cuando los pobres quemaban sus ilusiones para que no los incineraran en un microbús sin ventanas? ¿por qué niegan el daño causado por los encomenderos de la muerte? ¿por qué quieren poner en reversa el reloj de flores de la Avenida Independencia que contaba los muertos diarios? ¿por qué quieren que el pasado vuelva a pasar frente al cementerio de los ilustres anónimos? ¿qué podrían decir a su favor si está claro que ustedes son los autores intelectuales de la normalización del crimen y de los criminales?
Y ese día, o cualquiera, los intelectuales sin cicatrices, los políticos sin intelecto ni efecto, los historiadores que viven resentidos porque carecen de una biografía relevante, los sociólogos de la etnografía del victimario, y los abogados de la peste negra del sofisma de los últimos días, no podrán responder nada, no sabrán qué decir, ni dónde acomodar el escroto vacío que repica posverdades a cada paso que dan.
En el último interrogatorio los va a devorar el zope del silencio; serán roídas sus desalmadas almas por la rata de la rusticidad que los señala como culpables… y entonces guardarán silencio y, si todavía tienen un poco de dignidad en los riñones, se sentirán avergonzados de sí mismos y se tirarán un pedito involuntario para silenciar el veredicto.





